09 mayo 2017

Penélope Cruz es una pava en huevos

Hubo un tiempo en que la calidad del cine internacional se medía por el bullicio de los estrenos. Estoy hablando de Madrid. Un estreno era sonado cuando venían estrellas de Hollywood y se cortaba el tráfico de la Gran Vía. A los actores de los 70 les gustaba Madrid porque era una ciudad casposilla y gritona donde Goya y los huevos fritos formaban parte del mismo pack. Se conoce que en Hollywood corrió la voz porque a muchos actores les picó la curiosidad y fueron llegando en procesión para promocionar sus películas.

Nada más poner el pie en Barajas, todos pedían lo mismo: ir al Prado y a Casa Lucio. La costumbre persiste, pero algunos ya lo tienen muy visto. Es el caso de Tom Cruise, que mientras fue novio de Penélope Cruz comió huevos de autor en distintos restaurantes de la capital y hasta tuvo ocasión de compararlos con los de Encarna Sánchez, su entonces suegra, una mujer muy dispuesta.

Todavía hoy, Encarna sigue recibiendo en Madrid al que fue pareja de su niña bonita. Y si no le invita a casa (parece como que ya no pega), se traslada ella al mogollón y le plantifica un par de besos sonoros. Tres veces he visto a Tom Cruise en Madrid y Encarna siempre ha estado ahí haciéndole los honores. Eso es una suegra vocacional y no la mamá de Borja.

Cruise estuvo hace un mes presentando Jack Reacher, una película de acción en la que no pude echar ni una cabezada porque no me dejaron las ensaladas de tiros y los alaridos de los cruisólogos. Como no era la primera vez que asistía a un estreno con la presencia del actor, me limité a constatar lo que ya sabía: que es bajito y se toma su trabajo promocional con una profesionalidad impecable. No abandonó la sonrisa y se fotografió con todos aquellos que se lo pidieron. Debería tomar nota Javier Bardem, mejor actor que Cruise pero menos simpático como de aquí a Lima.

El otro día le tocó a Penélope presidir el estreno de la película Volver a nacer. No se cortó el tráfico de la Gran Vía porque ahora sólo se corta con las manifestaciones, pero la actriz congregó a muchos curiosos e hizo su entrada en el Capitol investida de cierta timidez gestual. Frente al photocall aguardaban los fotógrafos distribuidos en capas: la primera fila, de rodillas; los de la segunda, de pie, y los de la tercera, subidos en una banqueta. Aquello parecía una lonja de pescado, con la salmodia de los reporteros convertida en griterío: ¡Penélope!, ¡aquí!, ¡aquí!, ¡derecha!, ¡izquierda!, ¡arriba!, ¡aquí!, ¡derecha!, ¡izquierda!, ¡aquí! Una locura.

Nos dijeron que Pe vestiría de Chanel vintage, pero no llegó a quitarse el abrigo. Al fin encontrábamos a una estrella de carne y hueso. Estoy harta de recorrer los photocalls invernales y ver siempre a las mismas actrices en tirantes, con los hombros encogidos y sin un gramo de grasa en el chasis. Chicas que no tienen perfil ni talla y parece que de un momento a otro van a evaporarse. A Penélope Cruz la maternidad no sólo la ha humanizado. También la ha vuelto friolera.

El desfile duró un buen rato. La primera en llegar fue Pilar Bardem (hablando de suegras, ella lo es por excelencia), seguida de algunas actrices que han compartido con Pe el universo almodovariano: Rossy de Palma y Loles León; chicas de la tele con su actualidad a cuestas (Sandra Barneda, Tania Llasera, Raquel Sánchez Silva, Luján Argüelles, Nuria Roca, Berta Collado), un actor guapo con ojos de acuarela (Jordi Mollà) y un cóctel variado de negritas: Concha Velasco, Carmen Lomana con sus destellos, Belén Rueda, Carolina Bang, la abrupta Marisa Jara (daba susto verla), Marta Torné, Clara Alonso, María Castro y una docena de jóvenes flaquísimas que no juntaban una arroba entre todas.
¿La película? Bien, gracias. Dormí a pierna suelta.

Parecía que empezábamos a levantar cabeza, pero no. Era un espejismo. El caso Urdangarin ha vuelto, ahora de la mano de Corinna, a la que relacionan con Nóos a través de Valencia Summit, un evento deportivo que le habría reportado, tirando por lo bajo, un millón de euros. Hace siete años de eso, pero Corinna ya mangoneaba lo suyo. Mientras se investiga el pasteleo de la señora, a Urdanga le crecen los delitos. Anticorrupción pide ahora que se le impute también por fraude fiscal. El caso parece no tener fin. Cuando surge una noticia, se crea el clima propicio y surgen 30 más.

Lo de Corinna y Urdangarin (el hambre y las ganas de comer) viene a ser la sublimación del morbo. Para la Casa del Rey, este nuevo escándalo anula los esfuerzos por mantener a la alemana apartada de la curiosidad mediática. Desde que el Rey pidió perdón, la sombra de Corinna se diluyó. No es que hubiera dejado de existir, pero el hecho de no verla formando parte de un séquito oficial o hilvanando la alfombra roja con paso solemne, aliviaba el panorama de situaciones embarazosas y poco estéticas.

El Rey, sin embargo, tiene el foco cada vez más concentrado en su persona. La cadena de chantajes que ha salido a la luz roza el aura real peligrosamente. O Don Juan Carlos toma decisiones drásticas para poner a salvo la institución o la cosa terminará por apuntarle a él sin rodeos. Su nueva táctica de jugar al escondite con el yerno no hace sino excitar más al personal.

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