13 junio 2017

Jake Bugg nunca sonríe

Cogió por primera vez una guitarra a los 12 años, empezó a componer a los 14 y a los 18 ha dado la campanada fin de año con un fulgurante número uno en el Reino Unido, coronado como el imberbe príncipe del nuevo folk, con el permiso de sus majestades Mumford & Sons.

¿De dónde ha salido Jake Bugg? ¿Cómo ha pasado de cantar en los decrépitos pubs de Nottingham a convertirse en la gran revelación del año con su primer álbum? ¿Exageran quienes hablan de él como el «nuevo Dylan»? ¿Qué ha hecho realmente para merecer esto? ¿Quién es su padrino?

El propio Bugg, a cuestas con su guitarra acústica y con ese aspecto inconfundiblemente british (deudor de los Stone Roses, de los que fue telonero), tiene que frotarse aún los ojos todos los días para explicar lo ocurrido… «Todo ha sido tan rápido. Siempre creí que para alcanzar tus sueños tienes que dejar atrás las calles en las que creciste. Pero no imaginé que iba a ocurrir así, de un día para otro».

En Lightning Bolt, el tema que abre el álbum titulado simplemente Jake Bugg, el joven cantautor habla precisamente de ese rayo repentino que golpea cuando menos lo esperas. En Troubled Times confiesa sin reparos que la única cosa que reluce en su ciudad es «el pensamiento de salir de allí cuanto antes»…

Y sin embargo Jake Bugg se siente ya eterno deudor de Nottingham, que nunca tuvo un trovador a la altura de este chaval vestido de negro, fumador impenitente y con el gesto cetrino, que asegura que lo suyo son los años 60 y que ha nacido en este siglo por puro accidente.

Su infancia en el mayor barrio de viviendas públicas de Inglaterra fue de las que marcan. Su padre es enfermero y su madre, una vendedora a domicilio. Para llegar a fin de mes tuvieron que tirar ocasionalmente de los «beneficios sociales». Los recortes y la austeridad han coincidido sin embargo con el éxito nada premeditado del hijo, que nunca le estará lo suficientemente agradecido a su tío por haberle regalado la guitarra acústica y haberle enseñado los acordes básicos.

A los 14 años empezó a componer ya sus primeros temas, y poco a poco empezó a descollar en las actuaciones del colegio. «Tienes que presentarte a un concurso de talentos en la tele», le decían entonces. «Pero nunca lo hice porque no me parece algo genuino ni natural, por más que sea la norma en estos tiempos», reconoce el propio Jake Bugg en The Guardian.

Su tío le regaló también los discos de los Beatles, de Bob Dylan y de Jimi Hendrix que le fueron inspirando. Ya a los 16 años decidió probar suerte descargando un par de canciones para Introducing, el programa de la BBC dedicado a los nuevos artistas. A las pocas semanas recibió una invitación para tocar en Glastonbury. El resto es ya historia.

Hoy por hoy, cualquier nuevo artista con ínfulas se ve obligado a dar la nota con un single. Hasta en eso Jake Bugg tiene un regusto «antiguo». Pese a la lluvia de temas sueltos que entraron en Top 100 (Country Song, Taste It, Two Fingers), su éxito se ha consolidado gracias al contrato para el álbum firmado con Mercury, que le ha tendido la alfombra roja como a las viejas estrellas.

«El momento de la firma fue un poco surrealista», reconoce Bugg. «Había discos de oro colgados por las paredes, y por todas las partes corría el champagne. Parecían muy entusiasmados y me dijeron que si podía venir a Londres a firmar el contrato. A mí eso me pareció muy cool», reconoce el artista.

Jake Bugg vende cara su sonrisa. En eso, y en su voz nasal, estriban las comparaciones con Bob Dylan. Aunque su auténtico ídolo, reconoce, es DonMcLean. El primer CD que se compró de su propio bolsillo fue American Pie, y la canción que le sigue provocando escalofríos es Vincent. Aunque ya puestos, el chaval rinde pleitesía a Smells like a Teen Spirit (lo más cercano a una canción perfecta) y a casi todo lo de los White Stripes.

Ya no se escriben canciones como las de antes. Esto no lo dice Jake Bugg, pero lo insinúa… «Hay algo sobre la estructura y la melodía, sobre cómo se acoplan música y letra, que sin duda se ha perdido. Yo aprendí a componer con la vieja escuela, empezando siempre por la letra. Hay días en que sale muy fácil y otros en que mejor no lo intento, porque es extremadamente duro».

Otro de los puntos fuertes de Jake Bugg es el poder de su directo, insertado con frecuencia en sus vídeos, que tienen también un giro social a tono con sus letras inspiradas en los claroscuros de Nottingham. Por primera vez salió de su país este año, presto a hacer su debut en las Américas. El cantante de soul Michael Kiwanuka le invitó a hacer de telonero en su gira por Europa, como antesala de su propio tour que arranca el próximo 9 de enero en Holanda: «Creo que he superado con creces el rodaje: estoy por fin listo para cantar ante grandes audiencias».

Pocas artes tan precoces como la música. Con apenas 18 años, Bob Dylan se zambulló en el riquísimo legado de la tradición norteamericana. A los 21 firmó su debut homónimo, una obra en la que se acercaba con un talento único a los clásicos del folk. La Historia está llena de ejemplos de retoños que se hicieron pronto un nombre en la música. Ahí está Britney Spears, que cuando todavía era menor de edad, a punto de cumplir los 17, publicó el single '... Baby one more time', un éxito pop mundial, que jugaba con metáforas sexuales y que llenó las pistas de las discotecas de medio mundo. Uno de los más recientes colapsos en el pop británico estuvo protagonizado por unos chavales imberbes y esmirriados. 

Arctic Monkeys se coló en el número uno con I bet you look good on the dance floor, un enérgico ejercicio rockero que conquistó a la juventud en 2005. Su líder, el muy talentoso Alex Turner, tenía 19 años. Más joven era Justin Bieber cuando irrumpió en el universo del pop comercial con My world 2.0: sólo tenía 16 años. También en España se han dado casos de talentos jovencísimos. Cuando formó Kaka de Luxe, Alaska tenía 14 añitos. Una locura, pero no tanto si se compara con la cantante de Candela Y Los Supremos, un grupo de Madrid actual, cuya cantante tiene ¡siete años!.

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